Comercio con Justicia:

De idea a tomate

En una ladera en el norte de Nicaragua, dieciocho mujeres han hecho un pequeño milagro en tan solo nueve meses. La economía solidaria crece.

“Cuando le conté a mi esposo que nos iban a ayudar a construir un invernadero, me dijo que estas cosas solamente pasan en las películas. Hoy está admirado, porque puede ver que lo logramos”, dice Dora María Hernández, de la Cooperativa Mujeres de Progreso. Foto: Christian Korsgaard.
“Cuando le conté a mi esposo que nos iban a ayudar a construir un invernadero, me dijo que estas cosas solamente pasan en las películas. Hoy está admirado, porque puede ver que lo logramos”, dice Dora María Hernández, de la Cooperativa Mujeres de Progreso. Foto: Christian Korsgaard.
03. August 2010

Por Christian Korsgaard, asesor en comunicaciones, MS América Central – ActionAid Denmark*

El calor es casi insoportable en el invernadero.

Aunque sopla bastante viento en esta colina en el norte de Nicaragua, el ambiente en los 200 metros cuadrados que cubre el invernadero es cálido y tranquilo. En las caras de las dieciocho mujeres trabajando entre las plantitas de tomate, el sudor aparece como perlitas brillantes. De vez en cuando una mujer agarra un trapo, se limpia la cara, suspira y vuelve a trabajar.

Doscientas libras por semana sacan en cada cosecha de los tomates, pero también hay que revisar diariamente las plantitas, quitar los tomatitos que no crecen o impiden que los demás tomates sigan desarrollándose.

“Cortamos los tomates y entre todas las mujeres que estamos organizadas jalamos un poquito cada una, vamos hasta la parada de buses hacia Matagalpa”, explica Xiomara Ramos, responsable de comercialización de la cooperativa Mujeres de Progreso, localizada en la comunidad La Florida Dos.

“No sabíamos cómo”

La historia del invernadero inicia en febrero del 2009, con la entrada de Miguel Polanco como cooperante de MS América Central – ActionAid Denmark en la organización asociada de FUMDEC – Fundación  Mujer y Desarrollo Económico Comunitario. De origen salvadoreño, Polanco ha visto cómo cooperativas en El Salvador han aumentado la producción, la calidad y las ganancias de sus actividades agrícolas mediante invernaderos y sistemas sencillos de riego.

Poco tiempo después, FUMDEC presenta a las mujeres organizadas en la cooperativa en La Florida Dos, una propuesta de hacer un invernadero. La cooperativista Victoria Guido aún recuerda su primera reacción cuando presentaron la idea:

“Decía yo, ¿cómo vamos a estar en proyectos de invernaderos si no sabemos cómo es? No sabíamos cómo hacer. Pero como dicen, practicando se aprende”. Otra de las mujeres, Dora María Hernández, también tenía sus dudas sobre el proyecto.

“Yo lo sentía difícil. Pensé que no lo íbamos a hacer, porque era trabajo, la aplanada del terreno y que cómo íbamos a hacer tanto trabajo. También teníamos que trabajar en la casa”, explica.

Sin embargo, el proyecto sigue adelante. Las mujeres visitan un invernadero en Ocotal, Nicaragua, y después realizan una visita a una cooperativa salvadoreña. Después de este último viaje, el sueño agarra fuerza. Durante la visita a El Salvador las mujeres conocen las técnicas de producción en invernadero, de riego y de cuido de las plantas. Además establecen vínculos con los miembros de la cooperativa salvadoreña, que luego resultan fundamentales en la construcción del invernadero en La Florida Dos.

La Florida Dos está ubicada entre las montañas matagalpinas y son pocos los terrenos planos aptos para un invernadero. Por eso las mujeres optaron por ‘cortar la montaña’ y sencillamente crear – con palas, picos y carretillas – el terreno adecuado. Foto: Tiara Sánchez.
La Florida Dos está ubicada entre las montañas matagalpinas y son pocos los terrenos planos aptos para un invernadero. Por eso las mujeres optaron por ‘cortar la montaña’ y sencillamente crear – con palas, picos y carretillas – el terreno adecuado. Foto: Tiara Sánchez.

Terreno plano en la montaña

Al regresar de la visita a El Salvador, las mujeres están decididas a hacer el invernadero. ¿Pero dónde? Dado que La Florida Dos está ubicada entre las montañas matagalpinas, son pocos los terrenos planos aptos para un invernadero de este tamaño. En agosto del 2009, las mujeres optan por ‘cortar la montaña’ y sencillamente crear – con palas, picos y carretillas – el terreno adecuado.

El cooperante Miguel Polanco aún recuerda su primera impresión:

“Cuando vimos esta ladera, no daba espacio para inspirarse. Pensábamos que los reales que teníamos, se nos iba tan sólo en contratar un ingeniero y un topógrafo para que vengan y nos digan qué podemos hacer. Nos fuimos decepcionados. Pero a los quince días que regresamos, la gente tenía un 20 por ciento de avance. Ya habían hecho el corte de la ladera y el día en que llegamos estaban trabajando unas 25 personas. Mujeres, hombres, familias enteras. Ahí comenzamos a creer que iba a ser posible hacer este proyecto”.

El trabajo de planear el terrero es un proyecto de toda la comunidad y aunque los hombres hacen un gran trabajo, las mujeres no se quedan atrás. Tampoco en la siguiente fase se desaniman las mujeres, aunque muchas terminan con las manos adoloridas. Vienen los meses de piedra poma.

La piedra poma

La piedra poma se trae de otra parte de Nicaragua. El transporte en sí es complicado hasta la comunidad, pero nada en comparación a lo que viene después. La piedra viene en trozos grandes, pero como tiene que entrar en los baldes donde se siembran los tomates (véase ‘Así se hace’) hay que convertir los grandes trozos de piedra poma en piedritas. Tres meses pasan las mujeres golpeando las piedras, y aunque les duelen las manos, siguen.

“Trabajamos, trabajamos y trabajamos, quebrando la piedra. La colamos, la desinfectamos y llenamos los baldes para poner las plantas. Yo participé en todo esto, en jalar piedra, en golpear piedra, en colar”, explica Victoria Guido, de 70 años de edad. “Esta fue la parte más difícil”, agrega.

Mientras tanto, la construcción del invernadero avanza con el apoyo de cooperativistas salvadoreños. Sobre un marco de aluminio se monta un techo de plástico transparente, y los lados se cubren con cedazo, también transparente. Poco a poco el invernadero se termina, creando un ambiente único en la montaña, con calor, sin mucho viento y relativamente protegido de enfermedades y plagas como la muy conocida y temida ‘mosca blanca’.

76 por ciento más

En octubre del 2009 – tres meses después del inicio de la construcción – se siembran los primeros tomates en el invernadero. Mediante mangueras, el sistema de riego (véase ‘Así se hace’) permite una nutrición adecuada de cada planta, y el cuido de las plantitas por parte de las mujeres pronto brinda los resultados esperados. En enero del 2010 se cosechan los primeros tomates de primera calidad y con el apoyo de FUMDEC las mujeres presentan su producto en el supermercado La Matagalpa.

Al dueño del supermercado le gusta la idea y el producto, y establece un acuerdo de compra con las mujeres, por el período de siete meses que dura la cosecha en el invernadero. Su precio dependerá del desarrollo en los precios de los tomates en el mercado; si está alto, se paga mucho, si está bajo, se paga menos. Aún así, su precio es más alto que el del mercado. De hecho, en la primera semana de venta, las mujeres reciben un 76 por ciento más de lo que normalmente han recibido en el mercado local.

El resultado convence a las mujeres y hacen planes para construir más invernaderos, para poder producir los doce meses del año y no sólo los nueve que permite un invernadero. Según Santiago García, el dueño legal del terreno donde se construyó el invernadero, las mujeres cuentan con el pleno apoyo de los hombres de la comunidad.

“Los hombres aportamos a este proyecto. A nosotros no nos da miedo que las mujeres ganen más dinero. Estamos de acuerdo”, dice con una sonrisa.

*Artículo originalmente publicado en revista Eslabón 43/2010.

Así se hace
La germinación de las plantas de tomate se realiza en una empresa especializada. Cuando tienen el tamaño adecuado, las plantitas pasan al invernadero donde se siembran en baldes de cinco galones, dos plantitas en cada balde. El invernadero tiene un total de 270 baldes. Los baldes no contienen tierra, sino piedra poma picada, lo cual permite mantener las raíces de las plantas húmedas, sin tener que introducir tierra en el invernadero.
Cada balde se alimenta mediante un gotero de agua, controlado por un reloj sencillo que está programado para permitir el riego cada dos horas. La energía del reloj proviene de un par de baterías de tamaño común.
El invernadero está hecho sobre un marco de hierro estructural, con techo de plástico que se espera tenga una vida útil de unos tres años. Los lados del invernadero están hechos de cedazo, y la entrada es controlada por medio de un cuarto de desinfección, donde cada visitante tiene que meter sus pies en agua clorificada. De esta manera se minimizan las posibilidades de introducir  enfermedades al invernadero.
Al mismo tiempo, el hermetismo del invernadero crea un ecosistema cerrado y por eso se necesita alimentar a los tomates mediante el sistema de riego. Por tanto, el agua para el invernadero se acumula en un tanque plástico en una parte superior de la ladera. En este tanque se mezcla un líquido que contiene los nutrientes necesarios para los tomates, y el agua sencillamente baja por la ley de la gravedad. No hay necesidad de bombas ni electricidad.
El resultado es un sistema seguro, estable y controlable, permitiendo una producción continua de siete meses. Después de este tiempo, las plantas de tomate no dan más y hay que sembrar nuevas.

Send til en ven   Print siden  
El factor éxito

“El factor éxito del proyecto es la organización de las mujeres. Hemos dado mil talleres organizativos, y cuando lo pusimos en práctica funcionó. Vimos que realmente se fortaleció y era impresionante verlas trabajar con los hombres, nunca habían tenido un compartir así. Quizás antes han trabajado en la construcción de carreteras, los hombres rellenando los huecos y las mujeres cocinando. Pero aquí trabajaron en conjunto. Por eso digo que la parte más exitosa no es la producción ni la comercialización, sino la cooperativa en sí, las mujeres organizadas junto a sus familias. Están organizadas y trabajan en conjunto para cualquier tema, también lo han hecho con un proyecto de luz. El tema organizativo ha sido el punto más importante y sigue dando resultados”.

Alejandro Zelaya, FUMDEC

En tiempo récord

Marzo 2009: Primera presentación de la idea

Abril 2009: Inicio de la planeación

Junio 2009: Visita a cooperativa en El Salvador

Septiembre 2009: Construcción del invernadero

Octubre 2009: Quebrada de la piedra poma

Noviembre 2009: Siembra de los primeros tomates

Enero 2010: Cosecha de los primeros tomates

Enero 2010: Venta de los primeros tomates

La cuenta, por favor

La construcción del invernadero costó unos 11,000 dólares, provenientes de las siguientes fuentes:

- MS América Central: 3,000 dólares

- Cooperativa Mujeres de Progreso: 1,000 dólares

- Fundación Warren Buffet: 3,500 dólares

- FUMDEC: 1,000 dólares

- Mano obra, terreno, etcétera: 2,500 dólares