Se acostumbra a vivir al bordo del abismo

Cuando el huracán Stan afecto a San Bartolomé Perulapía en El Salvador, el municipio no tuvo ni un centavo

<p>Aquí Paula Riviera ha vivido la mayor parte de su vida. Foto: Eva Rasmussen.</p>

Aquí Paula Riviera ha vivido la mayor parte de su vida. Foto: Eva Rasmussen.

Eva Rasmussen

04. November 2005

Paula Riviera vive al borde de un abismo de unos 20 metros de profundidad, y así hizo la mayor parte de su vida. Sus vecinos más cercanos en este terreno resbaladizo son familiares. Todo/as están de acuerdo: “Se acostumbra a vivir al borde del abismo.”

 “Claro que cuando llueve fuertemente, uno se preocupa un poco, pero realmente he vivido aquí muchos años, no es nada en que pienso todos los días”, cuenta Paula Riviera. “Cuando la lluvia por el Stan había durado varios días, y la tierra empezó a moverse, llegó la gente de la alcaldía para decirnos que deberíamos mudarnos al alberge de emergencia establecido en la escuela. Mi mamá que casi no puede caminar no quería ser transportada de su hogar, pero yo sentí que debería irme. Mi hija mayor vive más arriba, y le he prometido seguir a mi nieta a la escuela, cuando ella ha salido para trabajar en la maquila. Sin embargo vuelvo cada día para cocinar para mi mamá y ver si mi casa todavía está en su lugar.”

31 familias en tres aulas

La comunidad con el nombre engañoso, El Progreso, es un grupo de cajitas de zinc ubicado en el fondo del abismo. Cuando Stan había fustigado las laderas algunos días, ellas empezaron a aflojarse, y las piedras granizaron contra las cajitas en Progreso. Todas las casas fueron dañadas, cinco destruidas. Mientras las piedras cayeron, la pequeña corriente de agua que pasa por El Progreso creció convirtiéndose a un río hirviendo, que completó la destrucción de las frágiles casas.

<p>Paula Riviera: “Claro que cuando llueve fuertemente, uno se preocupa un poco.” Foto: Eva Rasmussen</p>

Paula Riviera: “Claro que cuando llueve fuertemente, uno se preocupa un poco.” Foto: Eva Rasmussen

“Sonó como un bombardeo cuando las piedras y el lodo fue tirado contra nuestras casas”, cuenta Walter Roberto Rivas, que junto con su esposa y sus tres hijos de tres, nueve y doce años respectivamente tienen un colchón en la escuela en Perulapía, donde 31 familias han convivido durante cinco semanas en tres aulas. Mientras tanto la escuela trata de mantener la enseñanza de forma regular, a pesar de que lo/as niño/as del albergue – y hay un montón - todavía tienen ganas de jugar.                  

“Ya hemos estado aquí mucho tiempo, y claro que a veces hay fricciones”, comenta Walter Roberto Riveras, cuya casa está enterrada bajo piedras en El Progreso. “Ni siguiera los animales aguantan vivir tan cerca como hacemos aquí. Además somos de dos comunidades, y existen un poco de desconfianza entre nosotros.”

En el municipio Perulapía, de lo cual El Progreso forma parte, las mujeres tratan de asegurarse un ingreso con una producción de cerámicas, hay también familias que se han especializado en hacer hamacas, y la gran mayoría sobreviven por una producción agrícola de autoconsumo, y en el caso de los hombres como jornaleros, y de las mujeres como trabajadoras en la maquila.

“La maquila no es tocada por el Stan, pero el trabajo jornalero ya no existe. El huracán ha destruido la cosecha, por eso hemos perdido tanto nuestro trabajo como la comida para los próximos meses”, afirma Walter Roberto Riveras.

 

Hay muchísimo/as niños y niñas en las tres aulas en la escuela en Perulapía, y todito/as tienen mucho sonido. Foto: Eva Rasmussen.
Hay muchísimo/as niños y niñas en las tres aulas en la escuela en Perulapía, y todito/as tienen mucho sonido. Foto: Eva Rasmussen.

Deuda municipal

Cuando Stan llegó el municipio no tuvo ni un centavo. “Nuestro ingreso de impuestos es de unos cuatro dólares al día”, cuenta el alcalde José Guillermo Sánchez. “Tuvimos que pedir créditos en el mercado para asegurar comida a la gente en el albergue. Hoy en día tenemos una deuda de 600 dólares, y todavía se quedan las 31 familias en la escuela.”

Stan además acabó con un proyecto municipal que apoyó a 78 familias a mejorar su producción agrícola. El pilar del proyecto era la creación de fondos revolventes. En primer lugar las familias obtuvieron un crédito para semillas. Una vez vendido la cosecha pagaba el crédito, pero con la posibilidad de volver a prestar para fertilizantes. Con la cosecha destruida no son capaces de pagar el crédito, y las 78 familias se quedan sin comida y sin dinero. El proyecto ha costado 3800 dólares.

“La gente está hambrienta. Sin embargo según la mapa de pobreza del gobierno no hay pobreza en el departamento de Cuzcatlan, donde Perulapía está,” dice el alcalde, que pertenece al partido opositor, Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional, FMLN. “Eso es acoso malévolo político,” opina él, que además lamenta la politización de la ayuda de emergencia.

Al borde del abismo en Perulapía. Foto: Alcaldía de Perulapía
Al borde del abismo en Perulapía. Foto: Alcaldía de Perulapía

“No fue hasta 15 días después del desastre que llegó un camión militar. El ejército había usado mucho diesel costoso para llevarnos cuatro sacos de maíz amarillo y dos sacos de arroz. Además llegó una carga de comida preparada, pero fue entregada a la oficina municipal del partido oficial, ARENA. El día siguiente fue distribuida entre miembros del partido, pero todos se enfermaron con diarrea”, cuenta el alcalde, mientras está tratando de contener una risa. Harán elecciones municipales en El Salvador en marzo 2006.

El único apoyo recibido por el municipio es el de MS a través de la organización asociada, CRC, y una suma igual de la red nacional REDES. A través de CRC - MS se han apoyado varios municipios en Cuzcatlan con 21.400 dólares.

Exclusión

El dinero es usado entre otras cosas para la compra de madera y zinc para casas provisionales de las familias que todavía están en los albergues. “Están desesperados por salir, pero tenemos el problema que no ha sido posible tener un terreno para las casas”, cuenta el alcalde José Guillermo Sánchez. “Después del desastre las comunidades que se salvaron sin daños mostraron mucha solidariad con las victimas del Stan. Sin embargo ahora no quieren tenernos como vecinos en su comunidad. ‘Estamos acostumbrados de tener las puertas abiertas sin problemas’, ellos argumentan, ‘pero quién sabe que pasara si de repente ellos de la escuela  vienen a vivir en nuestra comunidad.’ Claro que los sin hogares se sienten excluidos”, dice el alcalde, que calcula que el precio para rehabilitar a las familias que viven en zonas de riesgo en el municipio sería unos 350.000 dólares.

La comunidad con el nombre engañoso El Progreso. Foto: Alcaldía de Perulapía.
La comunidad con el nombre engañoso El Progreso. Foto: Alcaldía de Perulapía.
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